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CRISTIANOS LAICOS, IGLESIA EN EL MUNDO
Manuel Pozo Oller, Vicario Episcopal.
Las Hermandades y Cofradías son asociaciones públicas de fieles cristianos, conscientes de su pertenencia a la
Iglesia , erigidas canónicamente por el Obispo diocesano , con el fin primordial y específico de fomentar una vida
más perfecta promover el culto público a los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, al Santísimo
Sacramento de la Eucaristía, a la Santísima Virgen, y a los Santos, promover la doctrina cristiana o realizar
actividades de apostolado . Entre los fines generales de las asociaciones de fieles está la formación cristiana de
los hermanos o cofrades . Esta formación se verá enriquecida con medios entre los que se encuentran los «ejercicios
de piedad espirituales y corporales, de la instrucción, de la plegaria y las obras de penitencia y misericordia».
Desde la naturaleza y fines de estas queridas asociaciones públicas de fieles recogidas, tanto en el vigente Código de Derecho como en Normas diocesanas, quiero reflexionar brevemente sobre los rasgos fundamentales del laicado
asociado en Hermandades y Cofradías.
El primer rasgo del hermano cofrade será su identidad cristiana clara y firme. Ciertamente el intento de neutralizar la presencia cristiana en el mundo de hoy pasa por la propuesta de modelos de vida que siembran confusión y extravío
entre los discípulos de Cristo. En muchos la cultura del pensamiento débil en la que estamos inmersos genera
personalidades frágiles, fragmentadas, incoherentes y dependientes. El dogma del "políticamente correcto" se
convierte en nuestros días en un imperativo absoluto, que contradiciéndose a sí mismo, alimenta un peligroso proceso
de homologación sin espacio para el pensamiento propio que aunque predique tolerancia de hecho no tolera la más
mínima diversidad. Desde esta manera de pensar, unos intentan convertir la fe en un hecho rigurosamente confinado a
la esfera de la vida privada y otros la etiquetan dentro del apartado genérico de ?cultura? potenciando lo externo e
intentando dejar sin alma las manifestaciones públicas de la fe. Hoy más que nunca se necesitan cristianos
coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión, dispuestos a confesar públicamente su fe sin
temor ni vergüenza. Ganaríamos mucho si estuviéramos plenamente convencidos de que la esencia del cristianismo no es
otra que el encuentro personal con Jesucristo y que este encuentro es un acontecimiento real que ocurre hoy en
nuestra vida, como ocurrió en la vida de los primeros discípulos. Lo demás vendrá por añadidura.
El segundo rasgo peculiar del hermano cofrade consiste en la necesaria audacia para estar presentes en la vida
social y pública; la audacia de ser verdaderamente ?levadura evangélica?, ?sal y luz? del mundo, dispuestos a remar
en contra de la corriente. Nuestro verdadero problema, dice el periodista italiano Vittorio Messori, no será ser
minoritarios sino llegar a ser irrelevantes en medio de nuestra sociedad a consecuencia de nuestra falta de
identidad cristiana y nuestra apatía a la hora de ser testigos confesantes de nuestra fe en medio de la secularidad.
Completan esta trilogía de principales rasgos del laico agrupado en una hermandad o cofradía el sentido de
pertenencia eclesial. Uno de los desafíos que la sociedad posmoderna, fragmentada y utilitarista, lanza a la Iglesia
es precisamente cómo fomentar en los cristianos el sentido de la pertenencia eclesial, premisa indispensable para
todo proceso de educación y formación en la fe. A este tenor dice taxativamente el Catecismo de la Iglesia Católica:
Creer es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La vida cristiana
languidece cuando no se vive y se expresa en comunidad de igual modo que una hermandad pierde su fuerza
evangelizadora y apostólica cuando no se nutre con la Palabra de Dios, la recepción de los sacramentos y la vida de
oración y piedad.
Estos planteamientos, a modo de ejes trasversales, deben presidir nuestras acciones y actividades para vivir en
hermandad cofradiera nuestra fe y trabajar por la consecución del único, principal e inexcusable objetivo de
anunciar a Cristo en todos los ámbitos de nuestra vida. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Cf. C.I.C, can. 298 § 1.
Cf. C.I.C., can. 312 § 1, 3º
Cf. C.I.C, can. 298 § 1.
Cf. JUAN PABLO II, Carta apostólica postsinodal sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el
mundo Christifideles laici (30 diciembre 1988), n.62e.
CONCILIO VATICANO II: Constitución dog |