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  CARTA DEL SEÑOR OBISPO
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VIVIR LA SEMANA SANTA EN LA COMUNIÓN DE FE DE LA IGLESIA

La Semana Santa vuelve a ejercer el arrastre de fe y devoción que aflora en el pueblo cristiano en torno a la celebración del misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección gloriosa. La piedad popular se apresta a sus mejores manifestaciones inspiradas por el drama de la cruz y la luz poderosa del Resucitado, que ha cambiado el curso de la historia humana, porque en ella se le ha revelado al hombre el misterio y sentido de su vida, fruto del designio de amor de Dios por el mundo.

1. El misterio pascual, meta del año litúrgico

Conviene, por esto, recordar que en el transcurso del tiempo santo que va de la Cuaresma a la Pascua, las expresiones de la fe tienen la función de manifestar el misterio creído y adorado por los fieles en la comunión de la Iglesia. Las manifestaciones de la piedad popular no se separan de la vida litúrgica de la comunidad eclesial, sino que, muy por el contrario, la prolongan y la expresan llenando tiempos y espacios de contemplación, meditación y disciplina que crean el ambiente espiritual propicio para la celebración litúrgica y su más honda vivencia.
Así, pues, es preciso no separar la piedad popular del cíclico litúrgico que da curso a la celebración de los misterios de Cristo y de María y a la memoria de los mártires y de los santos. Esto debería hacer comprender que no es posible celebrar en cualquier tiempo las solemnidades y festividades cristianas, ya que tienen su lugar propio en el lugar que ocupan dentro del año litúrgico. En él, la celebración del misterio pascual es la meta hacia la que caminan todas las celebraciones que van así, desde las fiestas de la Natividad del Señor precedida por los domingos de Adviento a las solemnidades del Triduo pascual, precedido por el tiempo santo de los domingos de Cuaresma. La pascua culmina en la solemnidad de Pentecostés cerrando el ciclo litúrgico. Debe tenerse en cuenta que todo el ciclo litúrgico tiene en el domingo la pieza clave para la celebración de la fe y el día propicio para la evocación del misterio pascual. El Vaticano II recordó en la Constitución sobre la sagrada liturgia: ?La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón «día del Señor» o domingo?, y que ?en este día los fieles deben reunirse para escuchar la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pedro 1,3). Por consiguiente el domingo es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también un día de alegría y de liberación del trabajo. No debe anteponerse a ésta ninguna otra solemnidad, a no ser que sea realmente de gran importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico? (Const. Sacrosanctum Concilium, n. 106).
Esta larga citación del Concilio permite comprender a todos que la Semana Santa culmine en verdad en el domingo de Pascua, día en que la celebración de la Misa pascual, que sigue a la gran Vigilia del Sábado Santo, viene siendo entre nosotros con toda justicia concurrida en forma masiva, con la presencia de todos los cofrades de las Hermandades y Cofradías de Semana Santa. Reforzar la participación en las celebraciones del Triduo pascual y en la misa pascual es de la mayor importancia, porque con esta participación lograremos expresar más plenamente, de modo convincente, que el misterio pascual es el centro de la vida de fe y que el Misterio pascual es el contenido de cada celebración dominical.

2. La piedad popular en la Semana Santa

Se comprenderá que las expresiones de la piedad popular a que ha dado curso y cauce la Semana Santa tengan en el marco de las celebraciones cuaresmales y, principalmente, de la propia semana grande de la fe cristiana su lugar propio. Los actos de piedad que los fieles realizan por devoción a las sagradas imágenes que escenifican plástica y bellamente los misterios de la redención, son expresión de la identificación de los fieles con Cristo Redentor y con su Santísima Madre. Hay un profundo sentido cristológico y mariológico de la fe católica en la piedad cofrade, de modo que ?la imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa?, tal como dice el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, que fundamenta su juicio de valor sobre la veneración de las imágenes con la doctrina del Concilio de Trento, según la cual a las imágenes se les tributa veneración ?no porque se crea que en ellas hay cierta divinidad o poder que justifique este culto o porque se deba pedir alguna cosa a estas imágenes o poner en ellas la confianza, como hacían antiguamente los paganos, que ponían su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se les tributa, se refiere a las personas que representan? (Directorio, n. 241; CONCILIO DE TRENTO, Decreto sobre la invocación, veneración y reliquias de los santos y sobre las imágenes sagradas, 1563).
Los actos de piedad en torno a las sagradas imágenes acrecientan la fe en aquello que representan: los misterios de la redención y acrecientan asimismo el amor a Cristo y a su Madre Santísima representados en las imágenes. Por esta razón el orden que las mismas imágenes sagradas han de guardar en su ubicación en los retablos y hornacinas de las iglesias, y estos días santos en los desfiles procesionales es ya una manifestación del lugar propio que Cristo y María ocupan en la historia de la salvación: Cristo es el centro de toda piedad cristiana, Mediador único y Salvador universal, a cuya acción redentora asocia a su Madre y a los santos, en cuya comunión entramos todos los fieles si nos dejamos configurar con Cristo mediante la gracia divina que obra en nosotros y nos llega por los sacramentos, particularmente por el bautismo y la Eucaristía, los grandes sacramentos de nuestra fe.

3. Todo es para la mayor edificación de los bautizados en Cristo

De lo dicho se desprende que todo es para la mayor edificación de los bautizados. La piedad popular viene a ayudarnos estos días de fe a una más honda comunión con Cristo en la Iglesia, acompañados de María y de los Santos, apoyados en su intercesión por nosotros. María y los Santos nos ayudan a encontrar la salvación en aquel que es el único camino de redención, Cristo Jesús. Con él nos hemos configurado en el bautismo, sacramento que centra las prácticas cuaresmales como tiempo de preparación de los catecúmenos para el bautismo y de evocación bautismal para los bautizados. En la Cuaresma, en efecto, los catecúmenos se disponen para acercarse a la fuente bautismal en la Pascua; y en la Cuaresma, los ya bautizados hacen memoria de su propio bautismo y activan su compromiso de fidelidad a Cristo, con el cual se unieron místicamente asimilándose a su muerte y resurrección en las aguas bautismales.
El valor de las imágenes de Semana Santa estriba justamente en ayudarnos a revivir el misterio central de nuestra salvación por el cual recibimos nueva vida y hemos venido a ser hijos de Dios, como dice el prefacio de la Cuaresma evocando nuestro caminar hacia la Pascua eterna, donde se manifestará plenamente nuestra condición de redimidos y de hijos de Dios.
Deseo que todos, pastores y fieles, los cofrades y el pueblo entero de Dios revivamos en las celebraciones de la fe de este tiempo santo y principalmente durante el Triduo pascual, la gracia de la salvación que Dios ha hecho nacer en nuestros corazones por la fe y los sacramentos con que Dios nos ha agraciado.
A todos deseo una santa vivencia de la conmemoración de la pasión, muerte y pascua de resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Almería, a 10 de febrero de 2008
Domingo I de Cuaresma
X Adolfo González Montes
Obispo de Almería
Descarga:escrito_sr_obispo-2008.pdf
 
  CARTA DEL SEÑOR OBISPO
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VIVIR LA SEMANA SANTA EN PRIVADO Y EN PÚBLICO

La Semana Santa es la meta hacia la cual camina la Cuaresma de cada año. El «Triduo pascual», centro de las acciones litúrgicas, son los tres días en que convergen las celebraciones de la pasión, muerte y resurrección del Señor. En ellos la piedad cristiana se torna experiencia intensa de redención y anhelo esperanzado de perdón y gracia, por eso son días en que fluyen del corazón de los cristianos sentimientos de plena identificación con Cristo, muerto y resucitado. Esta identificación con el Redentor es vivida paso a paso en el memorial de la pasión y gloria de Jesús desde el Domingo de Ramos, que abre las celebraciones pascuales con la conmemoración solemne de la entrada de Jesús en Jerusalén, hasta la gozosa celebración de la misa estacional en la mañana del domingo de Resurrección.

En medio de ambos acontecimientos litúrgicos, el Jueves Santo concentra con una intensidad particular las dos celebraciones eucarísticas: la «misa crismal» en la cual el Obispo bendice los santos oleos y consagra el sagrado Crisma; y la misa «en la Cena del Señor», que reúne a la comunidad cristiana para la conmemoración de la institución de la Eucaristía y el ministerio sacerdotal. El Viernes Santo conmemora la pasión y muerte del Señor y da paso a la celebración, ya el Sábado Santo, de la gran Vigilia pascual. Estas celebraciones hacen del Triduo pascual experiencia de fe y acontecimiento de gracia redentora.

Se trata de una experiencia que, además, llega acompasada por el sentimiento, hondamente vívido de los fieles, de identificación con los sufrimientos de Jesús, ?varón de dolores?, que camina bajo la cruz hacia el triunfo definitivo sobre la muerte. No se trata, sin embargo, como algunos pretenden en vano, de una experiencia asimilable a la que nutre la religiosidad ritual de los ciclos vitales marcados por la naturaleza vegetal y por el cambio de las estaciones. El contenido de la Semana Santa no es la naturaleza ni son los ciclos de la vida, sino la historia de Jesús Nazareno muerto bajo el poder de Poncio Pilato; la historia de su tortura y condena a muerte, y del hecho contundentemente testimoniado de su resurrección de entre los muertos. Son acontecimientos históricos los que se conmemoran y celebran, cuyos efectos alcanzan a todas las generaciones que se sumergen en su celebración litúrgica, en el «hoy» padece y resucita Cristo por mí de la acción sagrada. Sucede así que, en las celebraciones litúrgicas, lo sucedido hace más de dos mil años se torna presencia de salvación para quien tiene fe, porque los efectos de aquellos acontecimientos de redención, es decir, la pasión, muerte en cruz y resurrección del Señor alcanzan la existencia y la vida personal de cada creyente transformándolo de lleno.

Por eso, la pasión y muerte del Señor, al mismo tiempo que memorial de lo sucedido con Jesús, como discurriendo por su propio cauce natural, se hace pública confesión de fe, que da paso a las escenificaciones procesionales de los hechos históricos sucedidos con Jesús, hechos que la fe contempla como reales misterios de salvación.

La transformación de los sentimientos del cristiano en imitación de Cristo sucede en forma tal que, por la gracia de la cruz y resurrección del Señor, el cristiano se comprende a sí mismo como hombre nuevo, aun cuando persisten en él y le acompañarán hasta su muerte las marcas del hombre viejo y las huellas del pecado. Los ojos de la fe saben que cada discípulo del Señor ha sido agraciado con el perdón y el don de la nueva vida que brota del corazón abierto del Crucificado. No es de extrañar que, respondiendo con amor al amor del Redentor, los creyentes quieran identificarse con su pasión y su cruz hasta imitar escenificándola su recorrido de dolor y muerte, y su término de gloria. La Semana Santa se torna así escenificación de los misterios de la redención.

Los desfiles procesionales que siguen a las celebraciones litúrgicas, son expresión acendrada del amor por Cristo y su santísima Madre, manifestado en la veneración de las sagradas imágenes. En estos desfiles ponen los fieles alma y cuerpo, ilusión y calor humano y fe religiosa en grado tal que los cofrades, devotos acompañantes de las imágenes de Cristo y María, parecen haber vivido durante todo el año para la escenificación de su devoto fervor por el dolor de ambos como expresión de amor que sólo con amor se paga. Por la escenificación de los misterios de la pasión del Señor se genera una reciprocidad de amor entre Cristo sufriente, que por amor va a la pasión y a la muerte, y los fieles amantes de sus llagas vivificadoras y de los dolores de su Madre, Virgen Dolorosa de corazón traspasado. Conmovidos por tanta entrega y dolor soportado hasta el padecimiento de la muerte en cruz, los creyentes en Cristo sólo quisieran vivir en comunión con sus padecimientos mientras esperan el triunfo pascual sobre el dolor y la muerte infligidos al Redentor por el pecado del mundo.

Con todo, en la Semana Santa convergen varias y diversas circunstancias culturales e intereses sociales, que hacen de ella un bien patrimonial y un recurso de influencia social. La Semana Santa evidencia que los sentimientos religiosos de los pueblos de tradición cristiana hunden tan hondamente sus raíces en la fe que su desarraigo institucional no significa indiferencia ante la vida de la Iglesia. De ahí que hayamos de vigilar para mantener la identidad de la Semana Santa, libre de manipulaciones, para que no se produzca su reducción a mera cultura tradicional, cediendo a intereses espurios, que no se compadecen con los sentimientos religiosos inspirados por una fe recta y la comunión eclesial de los cofrades.

Exhorto a todas las cofradías y a todo el pueblo cristiano a secundar con fe una tradición cristiana que ve un tiempo para la salvación, fruto de la misericordia infinita de Dios, en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa, y en los desfiles procesionales igual que en los actos de piedad que las acompañan. La semana grande de la fe nos invita a no transitar por las celebraciones pascuales como si a ellas no hubiéramos llegado por el camino penitencial de la Cuaresma en persecución ascética de un cambio de vida necesario para salvarse. Porque el Señor pasa y llama a la puerta conviene estar en vela y no dejarle pasar quedándonos sin el efecto benéfico de su paso redentor.

La Semana Santa es para vivirla sin adulterarla, como antídoto contra la propuesta reiterativa y la tentación de una sociedad sin religión, absorbida por un modelo de Estado en el cual no cabe otra consideración positiva de la religión que la que permite su reducción a meras creencias privadas. La fe es, ciertamente, privada por ser opción que no se impone sino que se propone a las personas particulares, pero es realidad pública por cuanto afecta a la vida entera de las personas creyentes; y por ser participada por grandes mayorías sociales y culturales que es imposible reducir al silencio, como si Cristo no hubiera padecido por nosotros. Si el Estado laicista no quiere reprimir la libertad de religión habrá de respetar las manifestaciones públicas de fe porque la sociedad es libre para llevarlas a cabo, salvaguardando siempre el bien común y el orden social.

Cuantos creemos en Cristo no podemos dejar de dar testimonio de que su muerte y resurrección han cambiado el sentido de la vida de los millones de seres humanos, que, generación tras generación desde que él pasó por nuestro mundo, han encontrado la acción salvadora de Dios en su muerte y gloria, porque en ellas han conocido la revelación definitiva del amor misericordioso de Dios.

El XX Encuentro Nacional de Cofradías que se celebrará este mismo año en nuestra Ciudad nos brinda una ocasión privilegiada para ahondar en las notas características de la celebración de la Semana Santa de modo acorde con su naturaleza y del lugar del cristianismo en la vida de las personas y de las sociedades de raíces y cultura cristiana.


Almería, a 25 de febrero de 2007 I Domingo de Cuaresma

X ADOLFO GONZÁLEZ MONTES Obispo de Almería

 
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